Todo por un partido.
- Juan Antonio Gallardo Bueno
- 4 jun 2020
- 3 min de lectura
Actualizado: 6 jun 2020
En casa, Miguel calla a los niños que no lo dejan oir la narración del partido en la televisión. Miguelito es ajeno al interés del papá por ver el fútbol en la tele. Apenas le ha agarrado el gusto a patear su pelota contra la pared. Se divierte más cuando su padre se pone de portero pero en ocasiones no le gusta porque no lo deja patear como él quiere y se la pasa diciéndole cómo. Y ni siquiera lo entiende. Esto va pensando mientras sigue rebotando la pelota contra la pared en el pasillo. El ruido exaspera a papá que ahora sube el tono y le grita, ¡Miguel! ¡Quedate quietecito un ratito con la pelotita! Esta reacción enfada a Rosario que no entiende que un simple partido pueda acabar con la paciencia de su esposo. ¡Y tanto por un partido!
Semanas más tarde, Rosario prueba ser una madre a prueba de todo. Ni la larga fila del colegio, ni el tráfico propio de un viernes, ni la energía sobrante de Miguelito que parece no entender que la urgencia de mamá agradecería un poco más de cooperación de su parte, la sacan de sus casillas. ¡Cambiate la playera Miguel! Le apura mamá mirándolo por el retrovisor antes de volver a clavarse en su celular para aprovechar el breve rojo del semáforo y confirmar que ya va en camino en el chat del equipo. El profesor ha mandado la ubicación del partido pero repara también que debió echar el short blanco y no el negro. Un mensaje de Samantha la tranquiliza. Ella tampoco le puso a Javi el short que correspondía.
Llegan al estacionamiento y abre la puerta de atrás para terminar de atarle las cintas. Él está casi listo y se quita sólo el cinturón para bajarse rápidamente pero su mamá lo frena. ¡Espera, la otra! –mientras toma su otro pié para atarle las cintas del tenis correspondiente-. Rosario por fin deja que su hijo corra al encuentro de su profe y del resto de compañeros. El partido está a punto de empezar. Aprovecha para textear a su marido. Miguel, su esposo le avisa que llegará en quince minutos; acaba de salir del trabajo y va en camino para ver el juego.

Rosario se acomoda en la grada. Mira a su hijo y lo ve sonreir. Él está feliz y ella trata de relajar el estrés de hace unos minutos. Samantha llega y la grada se llena enseguida con el resto de mamás del equipo. Comienza el juego. Los niños persiguen la pelota y la grada se prende. Echan porras. ¡Vamos Miguel! se atreve ella también por mimetismo. Caen varios goles. No sabemos bien cuánto va el marcador. El otro equipo metió algunos pero ella intuye que la cosa está pareja. Llega papá y enseguida se para en la banda. ¿Cómo vamos? Pregunta. Ella gira la mirada buscando alguien que la socorra con la respuesta y enseguida otras mamás señalan que van ganando pero sólo por uno. El partido continua tras el descanso. Miguelito ha estado unos minutos en la banca platicando con los otros niños. Regresa al juego para aprovechar un balon rechazado en el área y meter un gol. Grita eufórico mirando a su madre. ¡Gol mamá! Rosario se emociona. Es ella ahora la que está feliz. ¡Tanto por un partido!
(Extracto del Libro, Como juegan las familias).
Dedicado a todas las madres



extraordinario. sin palabras de la emoción.