top of page

El fútbol y la trampa.

  • Foto del escritor: Juan Antonio Gallardo Bueno
    Juan Antonio Gallardo Bueno
  • 26 feb 2021
  • 5 min de lectura


Hace unos días, el ex jugador argentino Oscar Ruggeri increpaba a algunos miembros del gobierno de su país por ponerse la vacuna mucho antes que personas más vulnerables. Alegaba que esas personas estaban siendo "cancheros", "ventajeros" y que eso era una vergüenza. Mensaje con el que la mayoría podríamos estar de acuerdo pero, ¿acaso la picardía, lo canchero, la trampa no eran la identidad del país?, o eso solo se justifica cuando un jugador usa la mano para meter un gol o cuando supuestamente se le introdujo alguna sustancia al agua de la selección para que los jugadores brasileños bebiesen y les sentara mal. La trampa señor Ruggeri, es trampa, en cualquier situación de la vida. Aquellos jóvenes de quince a veinte años durante el mundial del 86, son ahora sus regidores, alcaldes y claro, ahora están aplicando lo aprendido, una "mano de Dios" en favor de sus propios intereses.


Es increíble cómo el ex representante de Maradona puede contar públicamente la anécdota del ferrari negro y que todos le rían la gracia como una viveza, una astucia; sin reparar en el tipo de persona que Diego Maradona tenía a su lado. ¿Cuantas vivezas de ese tipo no cometería perjudicando a su propio representado? Hacer apología de la picaresca en algunos ámbitos es asumir que se puede recibir en otros. O dicho de otro modo, "donde las dan, las toman". La pandemia ha puesto el mundo patas arriba y ha exagerado las responsabilidades de nuestros mandatarios y ciudadanos. Para paliar los terribles efectos del virus, se nos ha demandado como nunca, valores que rara vez hemos practicado: responsabilidad, autoexigencia, disciplina, ética, empatía, honradez, generosidad, sacrificio, valentía, honestidad o solidaridad. Pero, ¿saben qué?, la realidad ha demostrado que no estábamos entrenados en tales principios.


El fútbol ha tenido que echar mano de la tecnología, el famoso VAR, para dilucidar si un jugador había sufrido una falta dentro del área o simplemente se había dejado caer. Salvo raras excepciones de honestidad, el futbolista ha hecho del engaño, de la mentira, ¡de la trampa!, una habilidad más para el juego. Su recurrencia fingiendo haber sufrido faltas, o exagerando con aspavientos la gravedad de una patada, se acaban volviendo en su contra, dificultando al arbitraje, y la observación de tales infracciones. Un jugador que continuamente engaña, acabará por recibir infracciones que un árbitro juzgue que no lo son. Y así mismo nos sucede con todo en la vida. Padecemos ahora, que nuestros gobernantes hayan aprendido a besar la camiseta y fingir amor por los colores como parte del repertorio "canchero" de cualquier profesional. Tenemos que tragarnos que sean corruptos y engañen al árbitro fingiendo penaltis con tal de obtener la gloria que no supieron alcanzar por sus propios méritos. ¡Pero no solo nuestros gobernantes!


Los ciudadanos no lo hemos hecho mejor. Muchos, han falseado una pcr necesaria para viajar, con la ayuda de un amigo. Se han saltado el toque de queda con un documento laboral que cualquier conocido les facilitaba. Hemos hecho trampas y sin darnos cuenta, hemos ido contra el sistema que pretendía protegernos. Nos ponemos el cubrebocas en el cuello como el jugador que ingresando al campo, se saca la camiseta fuera del short. ¡Hemos actuado mal!, (solos y en colectivo). Un jugador se quita la camiseta tras marcar un gol y el resto de sus compañeros en un discutible afán de ayudarle, lo tapan mientras se la vuelve a poner, esperando que el arbitro no advirtiera la infracción y perdonase la tarjeta amarilla. ¿qué sería del fútbol si en lugar de eso, sus compañeros le recriminaran el gesto? ¿Qué sería del fútbol si cuando un jugador se deja caer en el área, los compañeros le recriminaran por tramposo? Pero más allá de eso, ¿qué sería de la sociedad si todos nos exigiéramos tanto como demandamos a nuestros gobernantes?


Si el fútbol es una escuela de personas, un ensayo para la vida, ¿qué pretenden esos pseudo-entrenadores que enseñan precisamente a fingir, a engañar, a beneficiarse de las reglas para obtener el fin, la victoria? ¿Sabrán los jugadores profesionales cuánto influyen sus conductas en sus seguidores infantiles? Pongamonos manos a la obra en cambiar esa actitud mezquina porque si bien con ello mejoraríamos el deporte, mucho más importante, mejoramos los referentes de quienes nuestros niños aprenden.


He tenido alumnos que se peinaban como cierto jugador, que usaban sus botas de fútbol y celebraban sus goles tal y como lo hacen sus ídolos. Nada de eso tiene más importancia de no ser porque nos indica que los niños imitan todo de sus referentes. Una vez, un crío de ocho años engañó al árbitro en un partido que dirigía. Le dije al árbitro que se había tirado y me contestó que los niños "no tienen esa maldad". No tienen maldad pero se había tirado y como era su profesor, le dije al niño que dijera la verdad y medio apenado, medio sonriente, admitió con cara de pícaro que había fingido. No culpo al árbitro infravalorase la capacidad de los niños para engañar. Les pasa a los árbitros, y les pasa muchas veces a los padres. Nuestros niños aprenden demasiado de lo que ven en nosotros. Una mentira es una mentira, aunque haya matices. Por ello, y por el bien de la comunidad, las escuelas de fútbol deberían no infravalorar el daño de esa mal llamada "picaresca" que es el eufemismo con el que nombramos a la TRAMPA. Sí sí, trampa. Y la trampa acaba con el juego, como acaba con el bien común en cualquier sociedad.


Sí, señor Ruggeri, tiene razón. Es una vergüenza que los regidores argentinos y de tantos países estén aprovechando su posición para sacar ventaja respecto a grupos más vulnerables. Es una vergüenza tan grande como quien defiende cualquier trampa en la vida, incluidas las que a menudo, desde esos mismos micrófonos, han apoyado, solapado y justificado, cuando quien la cometía vestía un uniforme de su propio equipo. Y si algo debemos aprender de este último año a nivel internacional, es que los seres humanos debemos promover una educación en valores bastante diferente.


Compitamos y veamos quien lo hace mejor. Compitamos con valentía, con sacrificio, en equipo. Pero hagámoslo con honestidad, con honradez, con sentido de justicia, con amor por el juego. Evitemos que nos tengan que vigilar como a delincuentes para juzgar si hemos engañado o no. En el fútbol y fuera del deporte. Juguemos limpio, vivamos con fairplay. El fútbol fue un deporte de caballeros y creo que así debe seguir siendo (incluyendo en el término a las mujeres). Un deporte que le sirva a los hombres y mujeres para ser mejores ciudadanos.


Más hombres buenos y menos hombres "listos", cancheras, ventajeros.


Cuento con todos ustedes para ello.

 
 
 

Comentarios


bottom of page