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Fútbol de colores.

  • Foto del escritor: Juan Antonio Gallardo Bueno
    Juan Antonio Gallardo Bueno
  • 4 jun 2020
  • 6 min de lectura

Actualizado: 7 jun 2020

Cuando era niño, el fútbol era jugarlo. Era salir a la calle una tarde y tratar de marcar un gol entre porterías hechas con piedras. Cuando la palabra fútbol tenía más relación con hacer, que con ver. Hoy, la edad nos destierra a un papel más pasivo que no es fácil de entender porque pese a una corporalidad menos ágil, menos resistente, nuestra mente y corazón conservan la misma implicación en los partidos que antaño tenía.



Poco a poco, los años traen responsabilidades que acaban con el tiempo que se le puede dedicar a esa pasión y el envejecimiento nos va descartando para aquellos partidos infinitos que se mantenían toda una tarde hasta que “mamá” nos recordaba el momento de la cena ya con las luces nocturnas de los faroles encendidas. Añoramos esa implicación que te hacía, durante esos ratos, olvidarte de todo y conectarte completamente en la disputa de un partido. Tu máximo esfuerzo cada día rompía zapatos, raspaba rodillas y te empapaba de sudor sin que lo notaras hasta el momento de entrar a casa. Salvo que te salve la destreza y la suerte, jugando como profesional y viviendo de ello hasta los “treinta y tantos”, a esa edad ya habrás cambiado el jugar por el ver jugar. Dejarás de convertirte en tus ídolos en esos ratos para criticar los de tus hijos en la televisión.


Las ventajas de la niñez serán cambiadas por otras, como por ejemplo las de crear una familia. Muchos padres recuerdan entonces el destierro del fútbol y actúan conscientes de él, como observadores pasivos de un juego que no les pertenece, ¡ya no!. Y no sólo porque su trabajo o la familia hallan invadido el tiempo que le dedicaba sino porque en ocasiones el trabajo te hace más gris, más frío, más realista y menos soñador. Y por desgracia, hay padres que no aceptan este nuevo rol. Se inmiscuyen en un juego de niños y de esa forma lo contaminan con sus grises, con su pragmatismo, su competitividad mal entendida. Supongo que es inevitable proyectarse en los hijos pero no es sano que ello les lleve a dañar un mundo que anhelaremos siempre, jugar como niños.


Digamos pues, que el fútbol es una realidad que sólo los niños pueden pintar de colores mientras que los adultos lo hacen en blanco y negro. La paleta de colores de un niño está formada por su ingenuidad, por sus ilusiones, por sus intocables y vírgenes sueños. Muchos adultos perdieron casi todos esos colores en el proceso de sobrevivir a sus quehaceres en un mundo despiadado. Sus decepciones, algún fracaso, desilusión, etc., palidecieron la forma en la que entendían el juego. Un niño ve el fútbol como vive a Santa Claus o el “Ratoncito Pérez”. El adulto también vive el fútbol como Santa Claus, -como un evento que le costará un dinero y del que no puede esperar otra cosa que no sea cierto grado de utilidad- .


A los adultos sólo nos queda, por el bien de nuestros hijos, con el fin de ser precursores de una infancia feliz como la que añoramos, mantenernos pasivos o más bien, distantes al fútbol de niños. Y nuestra intervención se reduce a la nada despreciable función de ser sus precursores, facilitando pero sin pisarlo, ese espacio de esparcimiento, de sueños y pasiones infantiles. Sólo nos queda hacer de “Santa Claus” e “ilusionarnos con su ilusión” al despertar para abrir los regalos, para que el hijo conserve durante unos años, esa ingenuidad tan bonita como práctica para su correcto desarrollo.


Los padres que no respetan este espacio de niños, son como elefantes en una juguetería. Su activismo en el fútbol infantil más allá del papel logístico que les corresponde siempre viene a contaminar la atmósfera del juego de un aire de miedo, de presión, de violencia, de utilidad que “mata” al niño que hay en su hijo. Esos partidos de niños en cualquier país del mundo donde los papás dan indicaciones desde la grada, insultan al árbitro, se enfadan e insultan a la grada rival constituyen, sin lugar a dudas, el lado más feo de este fútbol infantil, su escala de grises.


En el partido de ayer, una mamá gritó “¡mal sacado árbitro!” cuando uno de mis jugadores efectuó un saque de banda. Su grito entró en la cancha añadiendo presión sobre el árbitro, enfadando a los niños, probablemente incluso a su hijo. En el fútbol de niños, mamá y papá preparaba la cena o trabajaban mientras nosotros jugábamos fuera, recuerde. Es verdaderamente paradójico que los papás que jugaron profesionalmente intervengan mucho menos en los partidos de sus hijos que aquellos que jamás pisaron una cancha de cierto nivel. Hay papás o mamás que jamás jugaron un partido de fútbol porque en su infancia se aficionaron a otros deportes pero que no dejan de inmiscuirse en el juego de sus hijos. Es una de las fuerzas del fútbol y por ello es el deporte rey, el que más aficionados mueve en todo el mundo. El fútbol tiene la capacidad de hacer opinar con la seguridad de un científico a cualquier aficionado sin que necesariamente esta persona haya jugado o leído algo del deporte.


Más grave aun, en Pharr (Texas), la semana pasada. Cuando se disputaba un partido entre niños de cuatro a cinco años, uno de los papás irrumpió en la zona del entrenador del equipo contrario para encararlo e increparle violentamente por según él, “haber dicho algo a su hijo”. No importa que el hecho jamás ocurriera y que el entrenador entrase a la cancha para atender una de las múltiples caídas que se producen en cualquier partido. Los niños jugaban ajenos a los miedos adultos hasta que este señor actuó como un auténtico vándalo. Manchó un excelente escenario de diversión, de intensidad infantil con ese arrebato de violencia propia de hooligans. Paré el partido. Entré a la cancha y saqué a los niños de allí. Tuve miedo que los niños de mi equipo descubrieran antes de tiempo que Santa Claus no existe, que el fútbol que tanto les gusta tiene lados oscuros que sólo un adulto puede tolerar.

Escribo esta nota entre partido y partido de un domingo con un cielo con nubes grises. Nubes que amenazan la realización de los partidos por la posibilidad de tormentas. El fútbol de niños tiene también sus nubes grises que lo ponen al riesgo de cancelación definitiva. Estos grises son esos adultos que no entendieron que su tiempo ya pasó y que para que el cuadro tenga luz y colores han de dejar que quienes pinten sean los niños. Su única función, como familias, es facilitar a sus hijos el pincel, las acuarelas y ponerles delante el mejor lienzo posible. Después de eso, retirarse a la distancia suficiente para que el niño no note que están ahí y se comporte tal y como él es. Acabado el cuadro que representa un partido, no hacer de expertos en arte porque el niño apenas está aprendiendo a pintar y lo único que requieren de usted, es apoyo incondicional para seguir pintando.


Pero por desgracia, publicaré la nota, me moveré a una cancha y los veré a ustedes ahí en las gradas sentados. Comportándose como si los partidos importarán más allá del recreo que suponen para los niños. Los veré ahí detrás mía, dando indicaciones que jamás ustedes entendieron. Si su ilusión es hacer de su hijo un profesional, muy mal. Mal porque es una expectativa con pocas posibilidades de éxito y está mandando a su hijo, directo al fracaso. Y mal porque las pocas posibilidades de que su hijo sea profesional pasan por que él entienda el juego mucho mejor de lo que usted jamás lo hizo. Razón de más, para que reprima el entrenador que jamás fue. Deje pues, que él disfrute esos años de infancia que nosotros añoramos. Deje que su hijo pinte con sus colores de niño, sus propios cuadros, antes de que se convierta en un adulto gris.


Quienes amamos profundamente el juego, el fútbol de niños, como uno de los mejores escenarios posibles donde desarrollarse como personas, no le quitamos un ápice de capacidad formativa por la presencia de padres o madres que entienden mal su papel. Nos hemos acostumbrado a la presencia de verdaderos energúmenos en las canchas y a pesar de ellos, hemos hecho de cada partido una nueva oportunidad para formar un futuro distinto. Sin embargo, aspiramos a que el fútbol infantil, ese donde trabajamos sea pronto, otra cosa de lo que hoy es. La educación cívica de quienes participan activa y pasivamente en este ámbito es fundamental. Ojalá pronto, el fútbol infantil sea un cuadro completamente a color.


Tengo esperanzas. Creo que cada día son más los adultos que se resignan adecuadamente a su papel facilitador de espacios para su hijo. Aquel día en Pharr, después de entrar a la cancha a parar el partido y siendo como era una semifinal que empatábamos 3-3, ninguno de los papás de mi equipo se opuso a la decisión de retirarnos. Todo lo contrario. Apoyaron mi rápida decisión sin dudarlo. Tengo fe en un futbol a colores gracias a ustedes.


(Nota escrita una semana después de un incidente relatado en la nota cuando fungía como Director Deportivo de la escuela).


 
 
 

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