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"Gen-i-ocidio"

  • Foto del escritor: Juan Antonio Gallardo Bueno
    Juan Antonio Gallardo Bueno
  • 4 jun 2020
  • 5 min de lectura

Actualizado: 6 jun 2020

“Todos los niños nacen artistas. El Desafío es que lo sigan siendo cuando crecen” (Pablo Ruíz Picasso).

Esta nota que escribo es una denuncia y no una crítica hacia las demás escuelas en el medio. Incluso tiene mucho más de autocrítica que de echarles en cara, compañeros de profesión, que ustedes hagan mal lo que nosotros bien. Es una aclamación a lo que entre todos, y me incluyo, estamos haciendo, queriendo, o sin querer -quiero suponer-. Levanto la voz para oírme a mi mismo y ponerme a trabajar al respecto, así como para que me oigan los propios profesores de la escuela que ambiciono formar. Ya si consigo contagiar a alguien fuera de los margenes de mi propia casa, a que pare también el geniocidio, un favor más que le hago al fútbol así que nadie se sienta inculpado que este saco me lo quiero poner yo.


Al título de la nota, le cuelo una “í” simbólica que representa en este caso a la víctima. Un “genocidio” es la aniquilación o exterminio sistemático y deliberado de un grupo social, y en este caso, lo que estamos destruyendo es la genialidad propia de los infantes. Queriendo hacer de ellos jugadores de fútbol, los desproveemos de todo lo necesario para jugar bien. Destruímos en el niño la “i” de “intentar soluciones nuevas”, de “inventar nuevas formas de resolver un problema”, de “i” imaginar una salida en el laberinto de la incertidumbre que supone este juego. El miedo al fracaso de nosotros los entrenadores coarta la “i”ntuición del niño, su “i”nterés en descubrir del juego, secretos “i”nsospechados. Nuestros gritos desde la banda, silencian sus propias “i”deas. Y así, luego tenemos que oir en las tertulias televisivas, que en México no hay creativos. ¡Claro que no! ¡Nos hemos encargado de aniquilarlos a todos!


Ya ven la frase de Picasso con la que introduzco el tema. “Todos los niños nacen artistas” que es como decir, que todos nacemos con una extraordinaria capacidad creativa, inventiva, imaginativa, etc. El desafío, es no perder esas cualidades con las que de forma natural nacemos por el camino en la confrontación de la “i”nteligencia con las reacciones del mundo que nos rodea ante los primeros vestigios de actividad creadora. José Antonio Marina dice que “todos podemos ser más brillantes, ingeniosos, creadores, inteligentes. ¿Más que quien? Más que nosotros mismos. Esto es lo sorprendente”. Pero de vuelta a Picasso, el desafío es como superar las fuerzas invisibles de la cultura que nos arrastran a asumir criterios conservadores, coartadores, sutilmente intimidatorios.

Les confieso un hábito que he adquirido últimamente. Oír los partidos. Sí sí, llegar a una cancha y poner atención a la amalgama de gritos que emana un partido de fútbol de niños. En ocasiones he llegado a grabar “audios” de aproximadamente un minuto que luego más tarde oigo en la tranquilidad de mi casa. “Tírala”, “Larga”, “Por el centro, ¡no!”, “No arriesgues ahí”, “Sácala de ahí”, etc. Al escuchar estos audios, y no lo creerán hasta que lo comprueben por sí mismos al rehacer la experiencia, me invaden sensaciones de “tensión”, de “angustia”, de “presión”, de “¡ansiedad!”. Un pase hacia atrás, conlleva un aumento de los decibelios de mamás asustadas. No digamos un pase al portero. Algún papá trata de evitar el miedo de las señoras sin ser consciente de que lo traspasa a los niños adentro: “¡Para atrás no!”. Los corazones acelerados de fuera transmiten el ritmo de sus pulsaciones a los de dentro de la cancha y entonces, ¿quien le pondrá la pausa? Nadie. Los niños se sacuden la presión de la única forma que pueden, corriendo como pollos sin cabeza. Eso en el mejor de los casos. Otros, irán desapareciendo de la faz de las canchas víctimas del bloqueo, del pánico escénico.


Piensen en un porterito de seis años que ve un video sobre René Higuita y trata, “i”nspirado por el colombiano, de imitar aquella cabriola que conocimos como “del escorpión” sin tener el éxito deseado. Los gritos desde la grada pondrán en su lugar al chiquillo desubicado. Su propio padre le hará pagar semejante desfachatez. A eso señores, unos lo llamarán “enseñar”. Imaginen un caso menos extremo, mucho menos pero algo que vi hace muy poco. Un niño pasa el balón a su compañero y éste trata de devolverle una pared con la espuela en posición poco ortodoxa. El resultado tampoco es el deseado y el profesor le increpa “¡no inventes!”. Lo escuché este pasado fin de semana y háganse cuenta que no escuché un entrenador, oí un disparo que dejó sobre el pasto sintético el alma desangrándose de un futuro poeta que apenas escribía sus primeras estrofas cuando ya fue fusilado. Qué dramático, ¿no? Bueno, no murió nadie. Multipliquen esas situaciones por la cantidad de veces en que los entrenadores somos verdugos de las “ocurrencias” en un partido por la cantidad de partidos que se tienen y verán que la matanza de “i”ngenios es considerable.


Pocos son los niños que sobreviven a este exterminio de “i”deólogos del balón que tienen sus propias “i”ntenciones e “i”nterpretan el juego de forma particular. Si alguno de ellos consiguiera llegar a los diecisiete años sobre una cancha de fútbol, sin duda se trataría de un auténtico “i” rreverente. La dicha le durará poco al chavo pues no faltará un Tuca esperando para darle el tiro de gracia simplemente porque, ..., no sé porqué.

¿Cómo parar esta masacre?


Con humildad. Devolviendo el fútbol a los futbolistas que han de ser quienes protagonicen la resolución del entuerto. El fútbol de autor, el “guardiolismo”, el “mouriñismo” tiene menos seguidores que imitadores. Pirateamos las formas sin estudiar sus fondos y así, lejos de evolucionar el deporte hacia algo más sofisticado, lo vulgarizamos como una moda pasajera. Los niños en cambio, son originales, tienen sus propias ideas y nosotros hemos de facilitar que se desarrollen, estimulando lo mejor de sí mismos para que al fútbol sigan llegando nuevos futbolistas.


Con paciencia. Necesaria para que tengan el tiempo imprescindible que les llevará encontrar la salida. Ese tiempo de búsqueda no será perdido pues durante el mismo, aprenderá como le entendí hace poco a Oscar Cano, a conocer mejor los laberintos. Si le señalo yo la salida, volverá a perderse cada vez que entre en él.


Con la ayuda del resto de la tribu: las familias(1). Padres sensibilizados con los esfuerzos intelectuales de sus hijos y que no quieran ganar por ganar, un partido cualquiera, un torneo cualquiera. Padres valientes que se traguen sus propios miedos y soporten la incertidumbre con más calma. Que ayuden a pausar el juego y no lo aceleren. Que enfríen y no que enciendan. Porque las cabezas frías piensan mejor.


Con la ayuda de las ligas(2). Ligas de fútbol infantil que otorguen el espacio suficiente para que los pequeños dispongan de más tiempo para pensar. Jugar fútbol 5x5 es una ventaja respecto a hacerlo 11x11, pero hacerlo en una cancha mínima reduce la brillantez del juego. Jugar Fútbol 7 en un cuarto de cancha de fútbol 11 estimula más el choque, el lanzamiento desde cualquier distancia que el fútbol creativo y brillante que se pretende.


Con mayor formación de los entrenadores. Formación basada en el juego y no en minimoles de lactato. Formación que nos haga entender mejor las relaciones que se dan en los partidos para que conociéndolas podamos verlas primero y estimularlas después. ¿Cómo voy a ver lo que no conozco?





Enseñar a jugar fútbol, es enseñar a ser dentro de una cancha. Enseñar a jugar fútbol es ayudar a descubrir, facilitar la supervivencia de las ocurrencias. Estimular las intuiciones aun erradas. Es sembrar “íes”. Así pues, pongámonos a rescatar poetas y si hemos de aniquilar algo que sean nuestros peores valores humanos. En eso estoy. ¡Ayuda!




 
 
 

1 comentario


loloef2000
loloef2000
20 jun 2020

Buenisimo

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